miércoles, 3 de junio de 2015

Ese ominoso y sublime volcán (De mensajes extraviados y recuperados)

Yamille me escribe “¿estás bien?”.
__Es que no mames, en las noticias dice que allá donde vives el volcán está en rojo fase uno y que hay una alerta. Que alivio que estés vivo, ¿cómo estás? aparte de vivo.
Le digo que me duele un diente, y que no he escrito gran cosa en los últimos días, pero que aparte de eso todo bien.
     __¿Qué tiene tu diente. Huele a pantano?
__Sí, está podrido y me duele hasta para hablar.
__¿No te gustan los dentistas?
__No me gusta el dolor.
__Hace unos años a mi madre tuvieron que sacarle ocho dientes, y así estuvo durante un tiempo. Sentí que su vida era tan miserable.
A Yamille la conocí hace varios años, por Internet, no lo recuerda, porque está un poco dañada del cerebro. Pero después de ese primer encuentro pasamos muchas horas hablando de cualquier cosa, de alguna forma somos amigos a la distancia. Me gusta pensar que Yamille no existe, que me la invento, y que de vez en vez, está ahí esperando que yo diga algo o esperando a decirme algo. La leo con atención, a veces tomo un apunte y sigo leyendo, no sé si sepa que en algún momento ocuparé muchas de las cosas que me dice para escribir. Creo que le agradará. Le cuento lo que hice durante la semana, después de un rato se harta y se va sin decir nada, así es siempre, no le gustan las despedidas.
Estaba checando las noticias y ahora no puedo seguir leyendo porque la charla con Yamille me ha dejado pensando en dos cosas. En el nombre para mi libro de cuentos, y en el volcán. Desde que levantaron la barda junto a mi casa, no tengo información visual del volcán, antes podía verlo arrojando grandes cúmulos de ceniza, mayestático, todo el esplendor de esa estructura convulsionándose por dentro; si se decidiera borraría a unos cuantos de esta geografía. Me asomo por la ventana y veo esos ladrillos grises que forman una barda coronada por una hilera de botellas rotas, una cosa feísima. No sé que quiso decirme el vecino levantando aquél adefesio junto a mi casa, quitándome la vista de la ciudad, bloquenado el aire que corre libremente para todos. Siempre aparecen motivos para desear que ese volcán haga erupción y nos convierta en roca, incorporarnos de una buena vez a la geología. Por otro lado me parece una manera poética de dejar esta vida, los seres del futuro, los extraterrestres que lleguen a poblar lo que quede de este planeta, nos verán como vestigios de una civilización caduca y retrógrada. Ojalá todos los volcanes del país se pusieran de acuerdo y explotaran al unísono, arrojándonos el vómito incandescente que bulle en sus entrañas.
Reviso algunas cosas y vuelvo al texto que tenía perdido. Lo había extraviado a propósito, no quería seguir inmediatamente con eso. Ahora que lo encuentro puedo retomarlo en un punto. Y mientras busco una imagen, miro por la puerta abierta (aclaré que a la ventana ya nunca me asomo), la luz del día comienza a teñir todo de ese color dorado particular de las diez de la mañana; hay que disfrutar eso porque el clima ha sido malo. Junto a la mesa donde escribo, hay un calendario, cada mes es una pintura diferente de Van Gogh. No puedo evitar pensar en la luz del sol dentro de los óleos del holandés desorejado. Vincent hubiera podido pintar un cuadro hasta de la vista de mi patio. El sol cae sobre los tendederos rojos, que brillan en contraste con las pinzas multicolores que cuelgan prendidas de los lazos, hoy no lavaron ropa los vecinos, el lavadero está desocupado, lleno de agua de las lluvias que han caído todos los días desde hace un mes, es junio y a veces aquí donde estoy hace calor. Me doy cuenta que esto, lo escribí en realidad hace un año, ¿o dos? Y ahora lo dejo en el blog, con la firme intención de publicar de manera regular. Escribir por la imperiosa necesidad de escribir. Con eso comenzaré el siguiente mensaje.


martes, 12 de mayo de 2015

Quiromancia

Nos conocimos en un grupo de ayuda para neuróticos. Al principio siempre me mostraba desconfiado con los demás, pero ella, que llevaba unos meses en el grupo y conocía bien a todos, logró que no dejara de asistir.
Me dijo que estaba casada desde hace nueve años, pero que durante los últimos dos vivían separados y estaban negociando el divorcio. Me pareció graciosa la forma en que utilizó “negociando” para referirse a su separación.
El tipo que todavía era su marido se aparecía por ahí una o dos veces al mes en plan pacífico, para charlar con ella, dejarle algún dinero, beber algo y si la ocasión era especial, y me aclaró esto, sólo si era especial, pasaban la noche juntos. Qué era una ocasión especial, le pregunté. Ella me vio como tratando de ganar tiempo para elegir las palabras adecuadas, luego me dijo: fue en lo único que nos entendimos. Se quedó mirando fijamente detrás de mí un punto en el espacio y entonces la vi hacer ese gesto donde movía las aletas de la nariz olfateando el entorno.
Una tarde, de las tantas que pasamos en su departamento después de nuestras charlas grupales, me encontraba sentado en el comedor, untaba mermelada en un pan tostado mientras vigilaba la tetera en la cocina. Ella estaba sentada junto a mí, la veía dar largas caladas al cigarro apunto de consumirse entre sus manos.
__ Hay algo más que me gustó de esa relación__ me dijo de repente.
Me vio a los ojos como si esperase que yo dijera algo, así que le pregunté, qué era eso otro que le gustó de la vida con su exmarido.
__ Que no quisiera hijos.
Apagó su cigarro en el cenicero y me miró. Me animé y lancé la pregunta
__ ¿Y tú, alguna vez quisiste hijos?
__ Sí, supongo que alguna vez… Y quizás nunca me hubiera separado de él si tuvieramos un hijo__ me contesta con desgana.
Hizo una pausa, después, como si recordara en dónde y con quién estaba, agregó:
Y no te hubiera conocido.
Tal vez en algún momento nos toparíamos. Quizá en un grupo de alcohólicos anónimos —le dije.
Sonrió.
Sí, es probable que me refugiara en el alcohol, o me volviera adicta a los fármacos. Nada ocurre al azar.
Cuando escuché eso también me reí. La gente que veía su vida como una serie de sucesos ligados a un destino predeterminado me parecía ilusa.
Serví el té y entonces ella me dijo que me sentara y le mostrara mis manos. Lo hice. Tomó mis manos, miró las palmas. Parece que tendrás una vida larga y exitosa, pero antes tendrás momentos de mucha infelicidad. Estás en busca de una vida plácida, sin tensiones, deseas que te quieran… y no crees en el destino”. Traté de verme serio mientras decía todo eso.
Después empezó a darle sorbos a su taza y yo comencé a deshacer pedacitos de pan entre mis manos.
__Si un día tu marido me encuentra aquí, cuál sería su reacción —le pregunté.
__No lo sé, en realidad no sé.
Por unos segundos contempló los objetos que estaban sobre la mesa y luego me preguntó: ¿Y tú, qué harías?
Me quedaría aquí sentado, a terminar mi pan tostado y a saborear mi té. Tal vez le ofrecería una taza —le contesté.
Escuchamos lo que ocurría en el piso de arriba, eran personas haciendo mucho ruido mientras caminaban por todo el departamento.
¿Eso es común?
No, de hecho vivo con vecinos muy silenciosos —me contestó.
Hice un ademán como para que nos olvidáramos de los vecinos.
Te voy a decir que va ha pasar con nosotros sin mirar tus manos. Terminaremos de desayunar, luego iremos a tu habitación y tendremos sexo por cuarta vez en lo que va del día. Después escucharemos que alguien abre la puerta y aparecerá tu esposo con cara de qué carajo pasa aquí.
Sonrió de nuevo.
Estaba por empezar a contarme alguna de sus anécdotas, como acostumbraba hacer mientras comíamos, cuando escuchamos la cerradura de la puerta. Nos miramos, medio confundidos medio sorprendidos, tuvimos el impulso de decir algo pero ninguno de los dos supo qué. Y la puerta se abrió.


martes, 21 de mayo de 2013

Sueño marsupial

Antes: cuando cierro los ojos.
Tengo la impresión de haber sufrido pesadillas aterradoras durante la noche, así que la sensación de la mañana que comienza hace que me sienta mejor. Estoy de visita en este lugar, un fin de semana familiar en el campo, he venido muchas veces antes, sin embargo, a esta hora del día siempre me parece nuevo. Me desperté hace unos minutos y mientras esperaba que la modorra desapareciera intentaba encontrar figuras en esa mancha de humedad en la pared, descubrí que podría tener la forma de al menos tres caras humanas diferentes. En este cuarto todos están dormidos, soy el único que se ha levantado, la casa es muy pequeña para albergar a la numerosa familia, así que tiraron colchones por el suelo y se amontonaron aquí y en el cuarto contiguo, más grande, pero donde hay una hamaca. Camino hasta la puerta librando el reguero de personas por el piso, traspaso la diminuta sala-comedor y salgo por la puerta trasera al patio. Es verano y la calima no me deja ver más allá de  las hojas de los plátanos, se mueven suavemente empujadas por un viento levísimo que apenas se siente en el rostro y se vuelve bochorno. Alcanzo a ver el pozo, nadie se dio cuenta pero la noche de anoche cuando llegamos y sacaron las cervezas de las hieleras, me robé varias para bebérmelas a escondidas sentado junto a ese pozo, recargado en el brocal, mirando la oscuridad, espantando los moscos y escuchando el aletear endemoniado de los grillos en el interior de la selva. En estas reuniones familiares nadie me extraña cuando no me ve, así que me emborraché tranquilamente y regresé a la casa directo a dormir antes que nadie para lograr apañarme la única cama. Ahora tengo resaca pero nadie lo sabe y no quiero que lo sepan. Decido ir al frente de la casa y camino torciendo por la izquierda para tomar la senda que la rodea. Las casas de por aquí son muy parecidas, un techo de asbesto sobre un cajón de ladrillos, es como si insistieran en construir un horno en estos días de calor. Avanzo y paso el camino principal que atraviesa el rancho, el único modo de llegar a la casa desde la carretera. Miro a un lado y a otro, no es que me avergüence de lo que estoy por hacer, solo que no me gustaría hacerlo si alguien anda por ahí. Pero a esa hora no hay nadie, el vaquero que viene a cuidar las vacas está lejos, más abajo, donde los animales se mueven  entre el lodo buscando los zacatales que brotan en islotes por todo el potrero y continúan creciendo más grandes y más extensos a mediada que bajan por la vereda que lleva al río. Pienso en todo eso cuando ya tengo el pito de fuera y comienzo a mear, un remolino espumoso se forma cuando el líquido caliente cae en la tierra, suelto un gemido de alivio mientras echo la cabeza hacia atrás y miro el cielo que comienza a despejarse, estoy bajo una palmera cargada de cocos, si uno de esos me cae encima me parte la cabeza o me deja idiota para toda la vida, si me dan a elegir prefiero morir. Regreso sobre mis pasos, no quiero estar despierto cuando los demás empiecen con su trajinar. En mi camino de regreso me distrae un ruido, las gallinas cacarean alborotadas en el corral a unos metros de la casa,  las veo saltar  y revolotear de un lado a otro del gallinero, temo que alguien se despierte pero nadie da signos de escuchar nada, me acerco unos pasos, curioso, y entonces veo esos dos ojos como botones de goma negros, un tlacuache se ha colado al gallinero. Retrocedo esperando no interrumpirlo y me apresuro a entrar a la casa sin hacer ruido, me tiro en la cama apestosa a humedad y sudor decidido a volver a dormir.
Después: cuando abro los ojos.
Vuelvo a despertar, siento un dolor en el cuello como si durante el sueño hubiera tenido la cabeza despegada del cuerpo. Escucho el ruido que llega de afuera, no sé cuanto tiempo ha pasado pero ya todos están de pie, huelo a madera quemándose, a ginebra y agua de coco, hay una humareda en el patio donde están comenzando a cocinar, cuando llego a la puerta escucho de lo que hablan. Todos miran hacia donde los perros, ladran junto a un almendro, el escándalo hace que volteemos al cielo para buscar el motivo de tanto alboroto, en las ramas más altas está aquel animal, aterrado, supongo que es el mismo que vi por la mañana, decidió quedarse más tiempo por aquí, se arriesgó y ahora lo han encontrado. Pero quien sabe, todos se parecen.
Alguien toma una garrocha y con un extremo comienza a pegarle al tlacuache para que caiga. Abajo, los perros ladran enardecidos y dan vueltas alrededor del almendro excitados por el deseo de carne fresca. Yo miro al tlacuache, busco sus ojos pero solo veo dos canicas oscuras dilatadas y acuosas que reflejan espanto, como si supiera que va a morir, abre  la boca y enseña sus dientes. No puedo hacer nada, digo algo pero nadie me escucha, ni siquiera yo me escucho. El que tiene la garrocha golpea con más fuerza empujando al animal, por fin se vence, suelta la rama y cae, ni siquiera llega al suelo cuando los dos perros lo pescan en el aire, uno por la cabeza otro por la parte trasera, luchan por quedarse con la mejor parte, hienden los dientes mordiendo con frenesí animal, el cuerpo todavía vivo se alarga cuan elástico puede ser, el tlacuache al fin se parte en dos, afloran las vísceras sanguinolentas que son  devoradas por los perros como un manjar exquisito. Parece que todavía veo los ojos del tlacuache moverse y me preguntó de nuevo si es el que vi por la mañana.
__Son cabrones esos perros__ escucho que dicen.
Y sí, son perros cabrones.

martes, 12 de marzo de 2013

Una cuestión de sinceridad

Cuando jalé la palanca del váter y me quedé mirando ese remolino de agua y mierda reflexioné sobre mi vida sentimental. Me pregunté si todo sería mejor sino me acostara con la hermana de mi novia. Después de pensarlo durante el tiempo que tardé en lavarme las manos llegué a la determinación que no. En resumidas cuentas, me estaba enamorando de aquella  mujer con la que no vivía. Así que cuando me encontraba con Sara sentía culpa y cuando veía a Ema era feliz, luego ese sentimiento de felicidad traía consigo excitación y deseo. Después la introspección y el malestar del baño se repetían.
Sé que Ema tampoco se sentía bien con la situación, evadía el asunto cada que podía, y a veces hacía alusiones extrañas. Un día terminó por contarme un sueño. Estábamos recostados, ella tenía su cabeza junto a la mía, los ojos cerrados, yo llevaba un buen rato tratando de ver los dedos de sus píes. De repente se despertó, me sonrió y dijo:
—Tuve un sueño. Varias personas íbamos en un autobús por la ciudad en medio del tráfico, el autobús estaba repleto de gente. Cada vez que una persona tocaba el timbre para bajar, el autobús se detenía, pero no podían descender, porque justo cuando la puerta se abría, entre la puerta y la acera, corría un río como si acabara de caer una tormenta y el agua inundara las calles. Luego la puerta volvía a cerrarse y el autobús arrancaba. La persona regresaba a su lugar como a esperar la siguiente parada, pero en todas ocurría lo mismo, y la gente continuaba subiendo al autobús que se seguía llenando de personas.
—Y en qué momento te despertaste —le pregunté.
—Cuando subió una mujer muy delgada cargando un bebé, que de tan delgada caminaba encorvada.
Con Ema podía hablar de un sueño o de cualquier cosa durante horas. El silencio entre nosotros era incómodo, nos ponía nerviosos. No sabía si esto era bueno o malo.
—Hace poco vi una película —me dijo.
— ¿Cuál?
—No recuerdo el título, pero salía Uma Thurman. No me di cuenta que era ella hasta después de un tiempo de observar a su personaje. La película y su actuación eran malas. Tenía los dientes disparejos, estaba jovencísima.
— ¿Uma Thurman tuvo los dientes  disparejos?
—Sí, no se parecía a la Uma Thurman actual. Tampoco creo que sea tan guapa como parece.
—Creo que es hermosa —le dije.
Entonces miramos por la ventana el tendido eléctrico, era una maraña de cables que impedía ver claramente el mar que se extendía medio kilómetro más adelante frente a nosotros. En estos días el río lleva hasta la playa el lodo revuelto por las lluvias en las partes más altas, y todo tiene un color turbio achocolatado, y el cielo, indefinido en el horizonte gris, obscuro en algunas partes y más claro en otras, es un reflejo de la ciudad. No había mucho que ver en realidad pero era todo lo que teníamos para mirar desde ahí. Ema se removió entre las sabanas y se apartó para  observar otra cosa que no fuera esa ventana.
__ ¿Cuándo vas a dejar a Sara?
Pestañee un par de veces. No es que no esperara esa pregunta, sólo que no sabía cómo responderla.
—Ya hablamos de eso.
—Pero no eres sincero __ me dijo.
Conté hasta cinco.
—Hay cosas que puedo hacer sin pensarlas mucho y otras a las que tengo que darles un tiempo.
Desde antes de decirlo ya me parecía estúpida la respuesta.
— ¿Qué necesitas para no pensarlo demasiado y decidirte de una buena vez?
—Güevos.
La luz de la habitación disminuyó. Se estaba haciendo tarde, y ese silencio del que a veces escapábamos cayó sobre nosotros, contundente.

sábado, 23 de febrero de 2013

Hotel Mónaco: cuartos con ventilador y vista al río


      Siempre que imagino cómo puede ser el futuro lo echo ha perder, porque las cosas que pienso y pienso siempre terminan saliendo de la chingada. Entonces mejor trato de no echarle cabeza a esto o aquello, porque cuando me doy cuenta que puede ser así o asá, acá, chingón, pues todo vale madres. Digo esto porque acabo de darme cuenta que antes de estar aquí sentado en el cuarto del Gabi, estaba en el vestíbulo del hotel pensando chingaderas, con el agua hasta las rodillas, viendo como los ajolotes y las ranas se meten entre los rincones para esconderse ahí donde el agua está más puerca. No pensaba nada a futuro, sino más bien ahora, que ya el hotel está muy de la verga y que deberíamos ponerle pa otro lado porque los muros del edificio tienen humedad y se caen a pedazos, el charco éste ya empieza a oler feo, la época de lluvia apenas comenzó y esto va ha seguir bien inundado. Me muevo un poco para estar en un lugar seco junto a las escaleras que llevan al primer piso donde vive el Gabi y el Palma, y comienzo a subir despacio. En el primer piso hay diez cuartos, son los más chidos del hotel, todos conservan las puertas y tienen todos los muebles. Por una escalera ya bien jodida por el salitre se llega al segundo piso donde hay nueve cuartos, pero sólo dos están chidos para vivir, ahí vivimos el Pinky y yo, aunque ocupamos los del primer piso cuando jalamos a unas morras pa cotorrear. La otra escalera que lleva al tercer piso está mejor que la del primero, pero el tercer piso es el más abandonado de todo el hotel, tiene nueve cuartos también pero en la mayoría sólo hay bolsas de basura y colchones viejos. Por una escalera más jodida y angosta que las otras, llegas al cuarto piso donde hay una bodega y un cuarto de lavado que estaban construyendo cuando nos dejaron a cargo el hotel. Sí, nos dejaron de encargados, como la llevábamos bien con el dueño y siempre pagábamos por adelantado así nomás un día el ruco se pintó de colores para el gabacho, “cada fin de mes se va aparecer aquí mi ex mujer para  hacer la contabilidad con ustedes, nada más mantengan el servicio”. La ñora nunca se apareció y al poco dejamos de rentar los cuartos, y así nos la hemos llevado. La neta el lugar está poca madre pero ya estuvo mucho tiempo sin mantenimiento y muchos cuartos se están cayendo a pedazos la neta, ya llevábamos aquí casi un año sin pedos, pero en una de esas, pienso, ¿algo pasa, y luego? Pero ya no quiero pensar, en cualquier momento… bueno, ya dije. Todas estas cosas me pasaban por la pinche cabeza mientras esperaba que corrieran el toque porque el día estuvo muy piñata la verdá. Doce pinches horas en la calle y no mames, apenas cien baros libres para cada quien, ni en los peores tiempos en Cuerna. No lo había dicho pero todos venimos de allá, aunque el Gabi es del defe, je je, luego luego se le ve. Llegamos todos juntos al puerto en el último tren con pasajeros, porque luego luego a la semana lo cerraron, y fue cuando el hotel se fue quedando sin gente, y pensar que el día que llegamos estaba todo lleno. Pero cuando el dueño se fue ya nomás quedábamos el Oaxaco y nosotros, y el pinche Oaxaco desapareció un día, el Palma dice que lo reventaron en la casa de su jefa los de la compañía por chapulín, que andaba bien metido. Y yo pensaba que nomás era atascado, nunca nos aflojó ni un treinta de mota. Y bueno, estaba recordando todas esas jaladas mientras veía como el porro se le quemaba entre los dedos al Pinky, y le dije: no mames Pinky ya rola, te quedaste a vivir ahí. Es que estaba mirando el río y el puente, se ve bien chingón desde aquí, dice el wey bien mariguano, la neta este lugar está bien chido deberíamos aguantar hasta que de plano ya no se pueda. Pues si éste lugar es casi nuestro carnal, le dice el Gabi, en una de esas hasta podemos ponerlo a chambear de nuevo con un poco de lana. No mames, le contesta el Fausto, meterías a puro pinche malandro y no les cobrarías con tal de que te rolaran para tu vicio, chale, se prende el Gabi, sí le metería, pero leve nada de tirarme con todo. ¿Qué pedo, van armar otro flavio? les pregunté, porque nomás no veía acción y ya se iban a poner a discutir las mismas mamadas. Simón carnal ahorita sale uno, me dice el Gabi, y qué pex ¿no tienes para armar un bazuco? pregunta el Palma. No, ahí si te fallo la neta inche Palma, les falló a todos, ahora si que una disculpa, pero anoche estaba acá bien chido escuchando una rola y me metí lo último que tenía, la neta ni me puso bien, pero ahorita nos ponemos chidos con esto, dijo el Gabi así haciéndose el apenado. Chale, yo creo que los tacos del Chino ora si me hicieron mal porque me estoy tirando unos pedotes, les digo. Mira, en lo que vas echar una keik yo armo éste y luego te pones pa que te alivianes de la barriga, me dice el Fausto, mientras forjaba el material que le roló el Gabi. Entonces fui al baño de mi cuarto porque la neta en los otros baños no me late cagar. Y no mames, la peor cosa que te puede pasar es que escuches disparos mientras estás cagando. Estaba sentado en el wáter cuando escuché un disparo primero y luego otro, de volada me levanté, apenas me di el papelazo me subí los pantalones y salí en chinga del baño hasta el pasillo, luego entré en uno de los cuartos que daban a la calle y me asomé por la ventana, entonces vi las luces de las patrullas, había por lo menos cuatro. Bajé corriendo al primer piso, Fausto tenía todavía el porro que estaba ponchando en la mano, el Palma y el Pinky estaban en la ventana, la verdad yo pensé que los polis igual ni entraban, pero entonces escuchamos pasos en la escalera de la planta baja luego voces y gritos, el Gabi apareció en chinga en la escalera, se detuvo en la puerta del cuarto y nos dijo que escondiéramos todo pero tres polis ya estaban detrás de él, nos apuntaron con inches fusilotes y nos echaron encima la luz. Yo y el Gabi estábamos de pie, pero los demás ya estaban sentados sobre los colchones poniendo cara de pendejos. Uno de los polis recorrió el cuarto y nos vio las jetas a todos, entonces Fausto habló para dirigirse al poli que nos  alumbraba con esa chingada linterna. Resultó que era su compa, lo conocía desde no sé cuando porque estaban haciendo no sé qué putas en Cuerna y luego todo valió verga, y el poli le dijo que aguas porque andaba con su comandante y estaban haciendo revisión de rutina, que si teníamos algo encima lo volaran porque sino habría pedo, que el jefe era cabrón y no iba pensarla mucho en madrear a todos por vagos viciosos. Pero apenas nos dijo eso el poli y el Gabi ya estaba tirando toda la mota que teníamos por el baño, luego se buscó en las bolsas del pantalón y el ojete sacó una bolsita de coca que mandó también pa la taza con pinche cara de dolido mientras le bajaba la palanca. Entró el jefe, el poli compa de Fausto le explicó como estaba el pedo pero aún así nos pregunto a todos de nuevo qué jale con nosotros, nos pidió una identificación y todos le pusimos enfrente la del IFE. Nos dieron chance de vivir en el hotel jefe, le empezó a decir el Palma, mientras el comandante veía nuestras caras en las credenciales, el dueño se fue para otra ciudad y nos dejó encargado el hotel, ya tiene un rato que no ha regresado y ahora somos los únicos que estamos, pero nos dedicamos a la música, somos músicos mi jefe eso es todo. El comandante se le quedó viendo a los instrumentos sobre la cama y en la esquina de la habitación, y luego nos volvió a ver a todos las jetas, no dijo nada y salió del cuarto. Afuera le dio una orden al compa del Fausto que nos hizo una seña de que no había bronca. Se fueron los otros polis aunque los putos todavía nos encañonaron como si fuéramos a saltarles encima. Esperamos a que se fueran las camionetas y nos sentamos en el piso de nuevo. No mames pinche Gabi, que pinche sacón de onda, no hay pedo el vato ese es compa desde hace rato, no quema a la banda, le trabaja al mero chingón, sabe qué bisne, dice el Fausto. ¡Y pa que ni revisaran, chale! grita el Pinky, ¡no manches, yo apenas le di un jale al churro, ni me puso esa madre! le grite yo pa que no se pusiera espeso, si el wey se hizo bien pendejo con el toque y ya no lo corrió. Y el Gabo bien triste, de plano ya no tenía ningún guardado, ni un polvazo, ni una bacha, y si el no tenía pues nadie y pues ni pal susto. ¿Quihubo, vamos a retacharnos al malecas? igual sale algo pa las chelas. No mames inche Gabi ni para el taxi de regreso va salir, ya mejor nos jeteamos y nos levantamos tempra para caerle primero al parque, yo la neta ahorita ya no quiero moverme, le contestó el Palma. Pues yo si iría, les dije, pero ya tengo chingo de sueño, además no quisiste sacar el refine culero. No mames, te juro así, por la virgen que ni me acordaba de que tenía ese poquito ahí, pero no mames fue así la pinche, ¿cómo se llama? la pinche adrenalina que hizo que se me prendiera el foco y pensé “pues ahuevo si aquí tengo un guardado, no vaya a ser que lo encuentren y nos trepen a todos” y en chinga que la saco y la boto, te juro que ni me acordaba. Ya nadie dijo ni madres, si ya lo conocíamos, cuando ya estaba puesto se hacía pendejo pa metérselo todo. Nos jalamos a nuestros cuartos, la verdad la noche estaba gacha y yo tenía mala vibra con eso que nos cayó la poli. Pues si ya saben que este pinche hotel está abandonado por sus dueños, que nosotros fuimos los últimos que pagamos un cuarto aquí, y pues sí le damos al vicio pero también nos la pasamos en la calle y en los camiones chambeando en la boteada, loqueamos a veces pero lo nuestro es la música, ¿pa qué quería hacer revisión? Ahora sí, yo creo que lo mejor es abrirnos de aquí. No les dije nada porque pues yo ya estaba pensando todas estas mamadas antes de que llegara la tira. Y ahorita ya cada quien estaba jeteándose o clavado igual que yo en cuanta chingadera mal pedo. Luego pensé: no, pues igual si me puso esa mota, y me quedé fijo fijo mirando esas lucecitas que bajaban del puente muy despacio. ¿Son varias trocas?, ¿están viendo pa acá? Esa madre si me puso así que mejor no me malviajo. Y seguí viendo por la ventana un pinche ratote hasta que comenzó a clarear. Me imaginé el hotel abandonado, a los tiras subiendo en chinga las escaleras y entrando a un cuarto donde estoy yo solo, me gritan que me ponga de pie, me apuntan… Si los polis me hubieran encontrado solo quien sabe qué pedo. Entonces dije, ya estuvo, me voy a la chingada de aquí.

jueves, 17 de enero de 2013

Cuerpo inanimado


     Salgo del cuarto de hospital donde está mi madre, me acaba de decir que mi abuela  falleció. Tengo que bajar hasta el primer piso para avisar  a mis tíos y  a mis hermanos, esperan que a mi abuela  le den de alta en cualquier momento. No tomo el elevador, utilizo las escaleras y en uno de los pasillos me topo con un cadáver sobre una camilla. Unos minutos atrás ese encuentro no hubiera significado nada, pero ahora que lo veo me pregunto muchas cosas y me dan ganas de saber cómo lucirá dentro de esa bolsa marrón donde lo pusieron, ¿será hombre o mujer?, ¿será una persona vieja?, ¿le faltará alguna extremidad? Me hago a un lado porque me doy cuenta que estoy bloqueando el paso del hombre que empuja la camilla a quien sabe dónde, quise disculparme con aquel individuo diciendo que un familiar acababa de morir pero sólo balbucee algo. Da igual, a él le importaban poco mis muertos, quizá sólo le preocuparan los suyos. Supongo que cuando te acostumbras a mirar la muerte, los muertos dejan de ser personas para convertirse en carne inerte que se pudre rápidamente, como le ocurrirá al cuerpo de mi abuela. Sigo avanzando y mientras bajo las escaleras no puedo evitar recordar el día de ayer cuando mi abuela aún respiraba. Me veo claramente: estoy junto a ella en la cama del hospital, en el cuarto hay tres camas más, una está desocupada, en otra reposa una anciana que siempre sonríe y en la que está junto a la de mi abuela hay un hombre que no es tan viejo ni tan joven pero parece que está en coma, tiene varios tubos que salen de su cuerpo, cada cierto tiempo aparece una enfermera que le drena los pulmones, llena unas botellas junto a él de algo que parece moco con pus. El hombre no se mueve, a veces viene una mujer joven, su hija quizá, y se sienta a verlo por un largo rato y luego llora por otro tanto. Yo estoy sentado a lado de mi abuela y no he llorado todavía, se suponía que le darían de alta pronto, pero yo no estaba tan seguro. Mi abuela había tenido un paro cardíaco y estuvo extraviada en algún sitio por  casi dos minutos, pasado ese tiempo la trajeron de regreso y lo primero que hizo fue pedir agua. Creo que estuvo demasiado tiempo en ese otro lugar porque después de eso cuando volví a ver a mi abuela no parecía la misma, la miraba directamente a los ojos y no la reconocía. Observo las pantuflas de mi abuela debajo de la cama junto a un cómodo y luego miro la ventana donde aparece un grupo de nubes grises en el cielo azul pálido, me recuerdan que ha llovido durante tres días seguidos. 
     __Desde aquí no puedo ver la calle, no se ven las palmeras__ me dice mi abuela. Tomo su mano y la estrujo entre las mías.
     __Ya las verás mañana, te vas a ir para tu casa__ le digo.
Ella se apartó para mirar en dirección a la puerta.
     __Vamos a sentarnos en esa banca__ me dijo.
     __¿Cuál?
     __Esa que está ahí junto a la señora que nos está mirando,  ayúdame a bajar de esta cama y vamos a sentarnos allá.
     Le  volví a tomar la mano, ahora con suavidad, me acerqué a su oído, le dije, “ahí no hay ninguna banca abuela y tampoco ninguna señora”. Volteó a verme con cara de susto.
      __¿No la puedes ver?__ me preguntó.
     __No__ le contesté.
     __Entonces voy a ir sola más tarde. 
     __ De acuerdo__ le dije.   
     Y ahora, mientras me dirijo a darles la mala noticia a mis familiares, me hago a la idea de que nunca más volveré a hablar con mi abuela.
     Me toca ir a recibir el cuerpo, no me dicen dónde, sólo señalan un pasillo del fondo  “por ahí derecho y luego bajas”, voy derecho y luego bajo. Cuando desciendo unas escaleras muy estrechas parece que dejo atrás el hospital con sus cuartos sus corredores y sus pequeños espacios donde la gente se sienta a esperar lo peor o lo mejor de todo, entro en algo parecido a una bodega, hay poca luz  y el aire está enrarecido. Sigo bajando, terminan las escaleras y entro en otro pasillo, todo se vuelve más oscuro, junto a mí pasa un hombre con un overol, sólo lo veo cuando ya está a dos pasos de distancia, él no me ve, lleva la cabeza agachada como si cuidara sus pisadas. Sigo caminando y entonces veo una luz, es una puerta abierta, apresuro el paso como si quisiera salir lo más pronto de ahí y  llego a  un estacionamiento subterráneo, hay dos hombres, uno joven y otro viejo.
     __Somos de la funeraria__ me dice el más viejo. Venimos a recoger el cuerpo de Ángela Hernández.
     __Sí, es mi abuela__ alcanzo a decir.
     Entonces veo al piso, en un cajón de madera está el cuerpo de mi abuela.
     __Acaban de venir a dejarlo pero no había ningún familiar  y el camillero se tenía que ir__ escucho al hombre mientras veo el cuerpo de mi abuela.
     “Si alguien me pregunta en un futuro como me sentí en este momento, diré que fue la misma emoción de cualquier persona que se enfrenta por primera vez a la muerte, aunque en mi caso no es cierto” dije esto musitando, después veo el cajón de madera en el que han metido a mi abuela, me agacho para mirarla mejor y paso una mano por su frente fría. Le digo “Abuela, abuela” y escucho el llanto de una mujer, cuando levanto la vista me doy cuenta que  es una de mis tías, apenas se acaba de enterar de que su madre falleció, mueve la cabeza de un lado a otro como si no creyera lo que ve mientras se pone una mano en la boca como si contuviera un grito, sin embargo, comienza a llorar escandalosamente. Yo no sé que decir, nunca he sido bueno para reconfortar a nadie.
     __¿Por qué la tienen en el piso?__ pregunta mi tía, y siento un poco apenado. La vi en el piso pero no me pregunté por qué estaba ahí. Me pregunté por qué se había muerto, por qué ahora tenía que lidiar solo con esa sensación de abandono de soledad y de impotencia.
     Un grupo de familiares salimos del hospital rumbo al lugar donde velarán a mi abuela, todos están tristes pero no serios, hablan mucho, la pregunta de “¿cómo se fue a morir si se veía tan bien por la mañana?” se la hacen unas cincuenta veces mientras caminan hacia donde tienen estacionados sus autos. Yo me mantengo distante, no quiero hablar de eso, así que me adelanto y camino rumbo a la funeraria. De repente escucho que me llaman, cuando miro hacia atrás me percato que he adelantado mucho más de lo que pensaba, por lo menos una calle media entre ellos y yo, me hacen señas y me gritan que regrese que suba a alguno de los autos para ir todos juntos a la funeraria, les digo que no con la mano, y les grito que me iré caminando, no sé si me escucharon pero como doy la media vuelta y sigo en dirección al centro donde se encuentra la funeraria, dan por hecho que no iré con ellos, los veo pasar en sus autos junto a mí, alguien saca la cabeza por la ventanilla y me grita: “¡no tardes!”. Eran casi las seis de la tarde y el clima había cambiado repentinamente, las nubes obscuras se disiparon y ahora se puede ver la luz que arroja el Sol mientras se oculta. Hace calor, siento las manos pegajosas. Veo la hilera de palmeras que divide la avenida y disminuyo el paso como avanzando sin querer llegar. Pienso en mi abuela, en la muerte y escucho de nuevo que gritan desde el auto “¡no tardes!”  mientras sacan la  mano por la ventanilla como diciendo adiós. ¿A dónde pensaran que puedo ir?

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Los arrancacorazones


Anoche, como las otras noches desde hace casi dos meses, no había podido dormir debido al insomnio que padecía. Digo que casi dos meses, pero, ¿cómo saberlo? si todos los días eran una sucesión de imágenes transfiguradas que me incitaban a no tener consciencia de dónde empezaba el día o terminaba la noche. Fue en ese momento cuando llamaron a la puerta. Salté de la silla donde me encontraba viendo a mi gato que se relamía las patas. Miré el reloj, eran las 4:15 AM. Caminé en círculos por la sala, esperando que quien estuviera en la puerta de mi casa a esa hora se largara, pero no ocurrió, así que fui hasta la ventana junto a la puerta. Llamaron de nuevo, toc toc toc. Desde donde estaba parado podía ver la calle poco iluminada y solitaria, no había ningún auto estacionado afuera y eso, por alguna razón, me alteró más. Así que pegué la nariz a la cortina para intentar husmear, vi una sombra moverse y de repente apareció la cara de él, era Marco. Recuerdo que di un salto y grité, pero puede ser que sólo haya gritado y estuviera a punto de darme un infarto. Oí que Marco reía y me hablaba con su voz melosa del otro lado de la puerta.
__Ya abre. Me está dando miedo estar aquí parado, hoy hay toque de queda.
Todavía dudé por un momento si abrir la puerta o no. Abrí.
__  ¿Qué haces a esta hora en la calle?
__ Uhhh, pensé que te daría gusto verme y tomarte un café conmigo. No puedo dormir, esta nueva medicación para la presión no me deja dormir. Y cuando te llamé en la tarde dijiste que estarías trabajando en tu libro, pensé hacerte compañía con un cafecito. Espero que no te moleste.
__No me molesta, tampoco he podido dormir.
Le hice una seña para que pasara y aseguré la puerta con llave detrás de él. Atravesamos el pasillo que da al cuarto que era mi habitación, mi estudio y mi cocina. Marco puso un frasco de café y una cajetilla de cigarros sobre la mesa, luego dejó caer sus poco más 100 kilos sobre un viejo sillón junto a mi escritorio. Miró alrededor suyo como inspeccionando la nada, yo regresé a mi silla y decidí comenzar la charla.
__No he podido escribir.
__¿Supiste lo que ocurrió en los edificios que están construyendo cerca de la playa?
__Carajo, no. Pero no quiero saber.
__Encontraron varios cuerpos, sin cabeza, los habían abierto por la mitad.
__No quería saber, ya con las noticias de anoche.
__¿Por qué no quieres saber?
__Oye ¿podemos preparar ese café?
Tomamos las tazas sobre la mesa, calentamos el agua en el microondas y preparamos un horrendo café soluble.
__¿Desde cuando no escribes?
__Escribo todo los días, pero nada sirve.
__Es por…
__No, no es por eso, no exactamente. No va a regresar mientras yo siga aquí.
__Pues entonces vete. Te voy a extrañar, pero si no puedes estar con ella y no puedes escribir ¿qué vas hacer en este lugar? Tienes un trabajo allá ¿no?
__Sí. Pero vine aquí a terminar mi libro y no he escrito prácticamente nada.
__Quizá cuando estés lejos puedas escribir.
Lo pensé unos segundos, hasta ese momento no había contemplado la posibilidad de escribir a la  distancia sobre todas las cosas que me obsesionaban en esta ciudad. Miré cómo Marco impulsaba su voluminoso cuerpo hacia adelante para alcanzar los cigarros sobre la mesa, tomó uno y lo encendió, enseguida me miró y se quitó el cigarro de los labios en un movimiento brusco, me lo mostró como preguntándome  “¿puedo?” “¿no te molesta?” y negué con la cabeza.
__El título de tu libro sí suena bien, me gusta, está llegador__ me dijo.
__Supongo que eso es algo.
__¿Recuerdas  la semana pasada que fuimos al cine y recibí una llamada a mitad de la película?
Asentí con la cabeza.
__Cuando recibí la llamada y salí por un rato, un buen rato y regresé y me preguntaste por qué había tardado tanto y si me sentía bien, y te dije que me había hablado mi hermana porque se sentía mal.
__Sí lo recuerdo, tenías mala cara.
__Pues no me habló ella, me hablo Sandra. Y me tardé porque después de la llamada no pude evitar ponerme a llorar y me encerré en el baño en lo que me tranquilizaba.
En ese momento entendí por qué había aparecido a media noche sin decir nada. Nos veíamos casi todos los días, a veces llegaba muy temprano y se iba muy tarde pero rara vez aparecía sin anunciarse y tampoco solía hacer visitas por la madrugada.
__¿Y qué te dijo?
__Me dijo que nunca me quiso, que le gustaba que le diera dinero, que la llevara a varios lugares y que le comprara cosas, pero que no sentía nada por mí.
__¿Sólo habló para decirte eso?
Marco asintió con la cabeza mientras soltaba una nube de humo.
__¿Por qué lo hizo? Pudo no hacer esa llamada o no decir nada.
__Bueno, yo insistí en que me hablara, le dejaba mensajes y le escribía imeils larguísimos que cuando los releía, no quería volver a salir de mi cuarto nunca.
Me contestó con un semblante lúgubre, como si algo muy preciado para él se hubiera roto en ese momento.
Sentía un poco de pena. Se había enamorado de una belleza de 18 años que sólo vio en él a un tipo al que le podía succionar el dinero, la autoestima y el tuétano, y sólo hasta el final parecía comprenderlo. Tuve el impulso de decirle, “te lo dije”, pero desistí cuando lo vi embelesado mirando a mi gata que ahora estaba echa un ovillo durmiendo a sus pies, dije algo, pero de cualquier manera no me escuchó.
Afuera, el aullido desesperado de un perro recorrió la calle, el grito como de una mujer aterrada lo imitó. Miramos el techo por un momento como si el origen de aquello estuviera encima nuestro, luego regresamos a nuestra plática.
__Creo que ya debes olvidarte de todo eso y pasar a lo que sigue__le dije intentando escucharme contundente.
Me vio de nuevo, su expresión había cambiado, sentí que debí quedarme callado. Así que me apresuré a decir algo para arreglar las cosas:
__Creo que debes dejar que todo siga su curso.
Sonrió, era buena señal, así que apuré el café que tenía un buen rato frente a nosotros y habíamos olvidado.
__No sé qué hacer y a veces me siento mal.
__No debes sentirte así, te enamoraste de la persona equivocada, quizá no lo puedas aceptar ahora, pero cuando lo hagas, todo estará mejor.
__Pero es que esto, el amor.
__Pero eso no es amor.
Me lanzó una mirada como si intentara arrancarme la piel para ver lo que hay debajo.
__¿Cómo sabes eso?
Resopló, me reí, no me quedaba de otra. Le di un par de sorbos más a ese café que ya no me parecía tan malo ahora que estaba frío. A lo lejos, escuchábamos autos que parecían estar en una persecución, luego pasaron a toda velocidad muy cerca, a unas calles, la sirena de un auto de policía sonó por un rato y luego, de repente, se detuvo, escuchamos gritos. Entonces oímos aquel ruido, era como si alguien cavara en la tierra. Pasaron unos segundos, Marco levantó una ceja y torció la comisura de los labios hacia abajo, como preguntando “¿qué será eso?”, me encogí de hombros y luego lo miré como para responder “quizá se fueron” y Marco movió la cabeza de arriba abajo para confirmar “sí, se fueron”. Afuera todo estaba en calma otra vez. Adentro sólo se escuchaba una nube de mosquitos que revoloteaba alrededor de una lámpara sobre nuestras cabezas.
__Esta semana hizo más calor que la semana pasada.
Le dije intentando cambiar el rumbo de la charla.
__¿Y qué es para ti el amor?__Me preguntó a bocajarro.
No quería seguir con eso, era un tema peligroso para los dos, ya conocíamos nuestras miserables historias al respecto, no tenía caso remover el hormiguero.
__Mira, en realidad no estoy seguro que es el amor, además para mí puede ser algo totalmente distinto de lo que tú creas que es el amor.
__Opino lo mismo, y eso es lo que trato de decir.
__¿Qué tratas de decir?
__Que cada quien tiene su propia definición del amor, para mi significan ciertas actitudes ciertas emociones que tuve con Sandra y que me hicieron feliz, independientemente de lo que ella pudo sentir por mí.
__Ese es mi punto, no creo que se pueda definir el amor en una sola dirección, si no es recíproco dudo que sea amor, tú, sin duda experimentaste ese estado de enamoramiento, pero cómo puede funcionar si sólo existe para una persona. Es como los cassette.
Marco se río, como preparándose para algo que ya había escuchado una y otra vez.
__Como si sólo tuvieran lado B, como si el lado A no tuviera audio.
__Se han hecho buenas compilaciones con lados B.
Sonreí para mis adentros convencido de que podíamos dar por terminado ese asunto.
__Está bien, olvídalo, estoy diciendo pendejadas__le dije fingiendo modestia.
Y levantamos nuestras tazas de café para brindar por quien sabe qué, por las bellezas de 18 años arrancacorazones supongo. Y nos bebimos todo lo que quedaba.
__”El café, qué brebaje excepcional”__ le dije.
__”Amigo mío no te tomes las cosas demasiado en serio. Al fin y al cabo, la vida puede depender de una mujer que pasa”__ me dijo él a manera de respuesta.
__Eso es de alguien que conozco.
Y me contestó sonriendo, como para decirme que sí pero que no me diría quien.
Inesperadamente regresó aquél ruido. Los perros comenzaron a ladrar. Se escuchaba mucho más cerca que antes, pero no podíamos ubicarlo, era como si una pala mecánica gigante, excavara en la tierra a toda velocidad. Nos tomamos unos segundos para tratar de descifrar lo que llegaba a nuestros oídos. Súbitamente golpearon la puerta, fue un golpe seco, nos levantamos de donde estábamos sentados, el golpe se repitió y luego siguieron varios más, ahora parecía que intentaban derribar todo. Ocurrió muy rápido, nuestra acción refleja fue asomarnos por la ventana para saber lo que ocurría, pero cuando nos acercamos a la puerta ésta cedió y golpeó estrepitosamente el suelo. Entonces lo vimos. No era un hombre, era más grande y  andaba en cuatro patas, tenía una cabeza protuberante y una especie de hocico largo lleno de dientes afilados, soltó un bufido y pasó su lengua oscura entre los colmillos. Esa cosa nos miraba mientras permanecíamos petrificados frente a ella, y entonces saltó  directamente sobre Marco, le lanzó una mordida a la altura del pecho, lo oí gritar, fue algo que nunca había escuchado, apenas podía mantener la respiración y no podía moverme aunque una voz dentro de mi cabeza me gritaba que corriera. Marco cayó al suelo, tenía el tórax abierto, podía ver cómo manaba la sangre entre las costillas rotas. Aquél animal hundió su lengua viscosa entre los pulmones de Marco para arrancarle el corazón, vi cómo lo masticaba con violenta exaltación, mientras con sus patas de largas pezuñas escarbaba en el pecho como si intentara devorar el resto de sus órganos. Después bajó la cabeza lentamente y los dos orificios púrpura que era sus ojos se movieron para mirarme mientras sorbía la sangre que seguía brotando de mi amigo muerto. Yo continuaba en el mismo lugar, ahora sentía que me faltaba el aire, fue cuando esa bestia  emitió un sonido parecido a un gruñido, y de sus fauces salió algo como una voz que me señalaba. Fue entonces cuando tuve la certeza de estar cerca de la muerte.

jueves, 8 de noviembre de 2012

Queen Kong (Otra llamada desesperada)


Me fumaba los restos de mi mariguana de reserva y veía un tráiler de Queen Kong en Youtube, cuando recibí una llamada de William. Eran casi las 3 AM.
__Tengo problemas viejo, necesito tu ayuda. Se escuchaba desesperado, como siempre. ¿Tienes el bate bajo la cama?
__Sí, le  contesté.
__Pues tráelo__, me dijo y cortó la llamada bruscamente.
Sabía a qué se refería, sabía que el problema tenía que ver con El Chino. Yo tenía mis propios problemas, llevaba toda el día tratando de evitar pensar en Aurora, habíamos tenido un pelea terrible la noche anterior, la cosa se había puesto fea, amenazó con dejarme, estaba aterrado, no me sentía con fuerzas para nada. Quizá debí detenerme unos minutos más a pensar en el asunto, pero no lo hice. Fui por el bate, lo metí en una maleta de mano y salí en plena noche a tomar un taxi para dirigirme al edificio donde vivía William con Julia, su mujer. Cuando llegué, William estaba parado en la banqueta esperándome, llevaba sólo una toalla ajustada a la cintura, le miré los pies y le pregunté por qué iba descalzo. "Eso no importa Héctor", me dijo, "¿traes aquello?" Saqué el bate de la maleta y lo puse en sus manos, era una antigüedad de mi abuelo beisbolista, una bella pieza artesanal de fresno seleccionado que contaba con 23 jonrones dentro de la primera liga local semi-profesional.
__Cuídalo.
 __Pero si no te gusta el beisbol__ gruñó.
Sin decir nada más, traspasamos la entrada del edificio y llegamos al corredor que llevaba a las puertas de cada uno de los 19 cuartos de la planta baja, en el penúltimo vivía William y en el último vivía El Chino.
__¿Oye ahora si piensas pegarle?
__No te preocupes por tu bate viejo, sólo te lo entregaré manchado con un poco de sangre.
__Mientras no sea de tu cabeza.
__Mi  cabeza está bien, estoy más lúcido que nunca en los últimos meses.
__¿Tienes yerba?
__Un poquito.
__Después de que acabes con El Chino me gustaría que nos fumáramos un porro.
__Antes de que suceda eso tendrás que ayudarme a deshacerme del cuerpo.
Lo miré de reojo, tenía esa mirada descontrolada como si sus globos oculares no pudieran estar quietos. Parecía que en cualquier girarían para mirar el interior de su cráneo y comprobar que todo era oscuridad.
"Está bien", le dije. Seguimos avanzando, la luz de la luna alumbraba el pasillo, levanté la vista y comprobé que ese astro nocturno tenía el aspecto de una bola gigante y brillante, parecía que podías tocarla.
_¿Por qué levantas las manos así, estás drogado?
_Un poquito.
_Te necesito lúcido compañero.
Pasamos frente a su cuarto. La puerta se abrió repentinamente y pegamos un salto los dos. Era Julia, llevaba puesta una blusa diminuta que le oprimía las tetas de costeña voluptuosa y las mostraba como eran, redondas, perfectas. Estaba adormilada y su rostro tenía algo extraño, parecía como si al haber hundido la cabeza en la almohada, ésta le hubiera descompuesto la cara moviendo todo de lugar.
__¿Por qué no traes pantalones?__ le espetó, mientras su nariz y su boca volvían a su sitio original.
William no contestó. Hizo silencio poniendo el dedo índice sobre su bemba negra y soltó un "shhhh" que terminó cuando ella se dio la media vuelta y entró al cuarto dando un portazo, dejándonos a los dos mirando el número 18 pintado con un marcador negro en la puerta de su casa.
 __¿Por qué no quieres hacer ruido, lo vamos a  sorprender mientras duerme?
__Es lo mejor, me dijo con una vocecita apenas audible. 
Pero cuando nos paramos frente al cuarto de El Chino, William comenzó a llamar a la puerta con los nudillos. La razón por la que estábamos ahí era por que el Chino se había extralimitado. El Chino era el hijo loco de la casera, no tenía ningún trabajo conocido, era un tipo  alto y corpulento, con un aspecto de maníaco babeante que se paseaba desnudo por la cuartería. Las cosas normalmente no pasaban de eso, o de que se bañara fuera de su cuarto, o amaneciera en pelotas dormido en la entrada del edificio. Lo que William no había tolerado, desde  hace un par de semanas, era que El Chino se metiera con Julia.  William  no era un tipo sensato, y normalmente se encontraba excitado por el alcohol. Lo había visto involucrado en varias peleas, sus victorias residían básicamente en su capacidad para resistir los golpes. Siempre terminaba una pelea de pie. Y ahora lo veía dispuesto a terminar igual.
La puerta no se abría. Comencé a hacerme preguntas, y a sentirme un poco desorientado. William seguía llamando a la puerta, ahora lo hacía con más fuerza. Miré hacia la entrada del edificio y vi que un vecino salió de su cuarto para asomar la cabeza, dijo algunas maldiciones y volvió adentro.
_¿Estás seguro qué está ahí?
_Ahí está, pero está dormido, no duerme como nosotros Héctor. Puede pasársela días dormido, con suerte podremos golpearlo lo suficiente sin que se mueva mucho. Es un pervertido ¿quién se roba la ropa interior de los vecinos para usarla? ¡La ropa interior!
_ Lo dices como si ser pervertido fuera malo ¿Te robó ropa a ti?
 _¡Cabrón, me robó un par de calzoncillos nuevos!¡Sin usar!
Entonces se ajusto la toalla en la cintura y con la mano que no sostenía el bate comenzó a golpear la puerta con furia.
_Sal de ahí pinche Chino hijo de tu puta madre, maldito ladrón de ropa interior.
Y salió el vecino del 16, luego el del 14 y después casi todos los demás. La situación iba en camino de volverse un alboroto.
_William, vamos a tu cuarto, El Chino no está ahí.
_Que sí está carajo. Y volvió a repetir la sesión de golpes, mientras que con una mano sostenía el bate, se volvía a ajustar la toalla, y con la otra mano golpeaba la puerta.  
Entonces la puerta se abrió. Y apareció El Chino, desnudo como de costumbre, adelantó un paso para salir de la penumbra de su cuarto y mostrar su cara. Se podían ver las huellas de un desorden mental nunca tratado, babeaba de la comisura de los labios y tenía una erección descomunal, su pito largo y delgado apuntaba hacía William como una lanza dispuesta a encajarse en su víctima, yo hice lo que cualquiera con sentido común haría, interpuse distancia retrocediendo unos pasos, William me miró con cara de sorpresa. Me vio, vio de nuevo a El Chino que permanecía babeante parado en el vano de la puerta, luego lanzó un grito y se fue encima de él. El Chino soltó un golpe que terminó entre los ojos de William y lo hizo retroceder, entonces soltó el bate y se abalanzó contra él colocando sus dos manos alrededor del cuello, El Chino reaccionó golpeándolo en la espinilla y los dos rodaron por el suelo. Las cosas ya estaban desmadradas, alguien comenzó a gritar que llamaría a la policía, otros más estaban decididos a intervenir, un tipo con aspecto de ser parte de la Mara se acercó, parecía rudo aunque no pasaba de los 18 años, los veía y me veía a mí, me reconoció, quizá me había visto antes con William, no sé que significaba esa mirada, pero no quería averiguar. Busqué el bate, estaba a unos pasos de mí, me acerqué simulando que intentaba intervenir en la pelea para calmar las cosas, pero cuando estaba por acercarme, el muchacho rudo me detuvo poniendo su mano  tatuada sobre mi hombro.
__Déjalos compadre, déjalos que se puteen. A ver si así se calman.
Y yo le hice caso. William seguía en el piso, rodaba de un lado a otro, parecía que tenía la nariz rota y la toalla había cedido, estaba a un lado. Yo no perdía de vista el bate, y luego vi al resto de los vecinos junto a mí. Ahí estábamos todos observando a dos hombres desnudos pelear, se lanzaban golpes sin precisión, patadas al aire y a veces caían al suelo forcejeando, en un momento El Chino tomo de los cabellos a William y lo azotó contra el piso, un golpe seco y hueco se escuchó, alguien exclamó algo. Todo parecía… ridículo, yo esperaba que alguien se soltara a reír pero nadie decía nada, sólo observaban. Los dos tenían sangre en la cara, pero El Chino comenzaba a cansarse, mi amigo, como suponía, parecía dispuesto a seguir hasta que alguno matara al otro, y eso era lo que me preocupaba.
Entonces escuchamos aquella voz, provenía de alguno de los cuartos del piso de arriba.
_¡Chumán! Ya te escuché, deja de pelear o voy a llamar a tu padre. ¿Me escuchaste?
La voz descendió por las escaleras y se materializo en una pequeña mujer enfundada en una bata de color indefinido, rechoncha y de cabello cano que brillaba a luz de la noche. Volvió a gritarle a El Chino, que ahora sabía, lo llamaban también Chumán. Y de su boca desdentada salieron un montón de maldiciones. De repente todo se detuvo, El Chino dejo de pelear, se apartó de William que aunque menos cansado, la sangre que le escurría de la frente y la boca le salpicaba los brazos y la barriga.
__Deja a este hombre en paz y regresa lo que le robaste__ dijo la vieja.
El Chino, ahora Chumán, no dijo nada y entró corriendo a su habitación llorando como un niño regañado. William se recargó sobre la pared y alcanzó la toalla que estaba en suelo para cubrirse y lentamente volvérsela a fajar alrededor de la cintura. Yo tomé el bate que como antes me había dicho William, estaba manchado, sólo que no sabía de cuál de los dos era la sangre. Me miró desconcertado pero no aturdido, sonrió. La vieja así como apareció literalmente se esfumó por la escalera, subiendo los peldaños mucho más rápido de lo que pareciera permitirle su edad, y en el acto todos los vecinos, incluyendo el Mara, se fueron yendo uno a uno a sus respectivos cuartos. Me acerqué a William, sí, tenía la nariz rota y un ojo parecía más pequeño que el otro.
__¿Qué tal estoy viejo?
__No te hizo nada.
Asintió con la cabeza, entonces me dijo que tenía que recuperar sus cosas, y antes de que dijera algo, me arrastró al interior del cuarto de Chumán. Adentro, una débil luz de un foco desde el baño iluminaba parte de la habitación. En el piso había ropa esparcida por todos lados, y una pila de periódicos y cartón en una esquina. William se acercó a una silla junto a la cama donde Chumán, que ya no lloraba, roncaba ruidosamente abrazado a una almohada.
__Aquí están__ dijo William. Y me mostró un montón de ropa en una bolsa.
__Vámonos.
__Espera__ me detuvo.
Y se acercó a un estante lleno de objetos diversos, desde libros hasta mancuernas para hacer ejercicios y latas de aceite para auto. William tomó algo. Era una videocámara.
__¿Eso también te lo robó?
__No, pero nos servirá mucho.
Salimos al pasillo ahora desierto, cuya tranquilidad sólo era interrumpida por los sonoros ronquidos de Chumán.
__Ponle para tu casa viejo. Tengo que arreglar unas cosas con Julia. Mañana te doy tu bate, ya sabes por si acaso.
Y me lo quitó de las manos, mirándome  a los ojos como si temiera que me negara a dárselo. Miré de nuevo la puerta del cuarto de William, estaba seguro que su Julia dormía profundamente. No dije nada más y me despedí, me salté el abrazo para darle un apretón de manos. Gracias, me repitió varias veces con la cara manchada de sangre, en su voz se notaba que su lengua y labios comenzaban a hincharse. 
__Mañana te llamó. 
Trató de sonreír, pero sólo pude ver en él una mueca desagradable.
Salí del lugar, caminé unas calles, no era una buena hora para andar deambulando por esa parte de la ciudad. Encontré por fin un taxi y le hice la parada. Se detuvo  junto a mí pero no bajó la ventanilla, busque la cara del conductor dentro del auto, después se abrió la puerta trasera, subí. El taxista no dijo nada, miraba de reojo por el retrovisor atento a mis reacciones.
__¿A dónde vamos?__ me preguntó el taxista en tono retador.
En ese momento recibí una llamada, saqué el celular de mi pantalón y vi un número desconocido, contesté. Le di al taxista la dirección y se puso en marcha.
__Qué pachó__ me  dijo Juanelo con su voz embotada. 
Al fondo se escuchaba personas gritando y reggaeton. 
__Oye camarada estoy con unos broders en una fiesta bien culera probando un material de primer nivel__ me dijo.
__¿Qué putas haces ahí?
__De aquí ya nos vamos abrir, le queremos caer al Pony, para conseguir más fiesta, sólo compré un poco para calar, pero está muy bien y ya me quiero mover de aquí, pero no tenemos saldo, estamos hablando de la casa del wey de la fiesta. Pensé en ti, para caerte en tu casa y de paso te pusieras parejo. ¿Cómo ves?
__¿Vas a  llevar a tu amiga Lila?
__Simón.
__Los espero en la casa entonces.
Colgué, estuve absorto por unos minutos mirando algo y nada al mismo tiempo. Junto al taxi pasó un convoy militar, los vehículos avanzaban rápido, llenos de soldados que veían con desconfianza las calles a su paso mientras sostenían sus fusiles como si estuvieran listos para disparar, la escena bien pudo ser la de cualquier ciudad sitiada. Y justo en ese momento me di cuenta que había olvidado pedirle a William que rolara un toque, también había olvidado la maleta de mano donde llevaba el bate. Entonces me preparaba para explorar los entresijos de la mente, antes de despertar por la mañana e intentar vivir un día más.